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Residente_Pan_
07 de agosto del 2017

El pan tiene forma humana

En cada instancia del pan, una cosmovisión se nos presenta.
Redacción por: Maximiliano Sauza

Cuando el ser humano sufre de hambre -hambre de verdad-, recurre al pan. Ya sea porque una pieza de pan suele ser más barata que una pieza de carne o una bebida energizante, o porque en su consistencia se obtiene la suficiente cantidad de levadura para tener energía a lo largo del día. Además de su sabor tan puro, el pan se asemeja, tanto en su versión azucarada como salada, al ser humano.

 

No es casual que los seis grandes núcleos de la civilización humana (China, Egipto, Mesopotamia, Valle del Indo, Mesoamérica y la región Andina) se hayan surtido de un inimaginable corpus de cereales, gramíneas y plantas que permiten la producción del pan. El pan acompaña todo, desde las vitaminas hasta las proteínas. El precio del pan no iguala su importancia en la sociedad, en la Historia misma. Y como esta revista se enfoca en la península geográfica que los antiguos mayas habitaban, y que nuestra desmesurada posmodernidad explota, el tema del pan no puede excluirse en nuestras observaciones.

 

Nunca ha faltado la persona que me pregunte si el “pan de muertos” lo consumían los mayas y no puedo asegurarlo. No dudo que un culto tan difundido en el México contemporáneo tenga sus antecedentes en las raíces milenarias prehispánicas. Pero evidentemente la época colonial transformó –aunque no sustancialmente- las bases del pensamiento y del actuar religioso de los antiguos habitantes de nuestro país.

 

Esto me lleva a pensar en la rosca de Reyes. Como ejercicio mental, pensemos que somos el muñeco dentro de ese pan: Imaginémonos allí, absueltos de libertad, encerrados en una piel de plástico, envueltos en una masa de maíz y huevo, perdidos en una nada conspicua, que alguien en algún momento romperá para verse condenado a preparar los tamales en el día de la Candelaria.

 

Pan y ritual son lo mismo, porque son parte del tiempo, y en el tiempo el pan se consume de distintos modos. El pan no sólo es una sustancia importante en la vida gastronómica de los pueblos contemporáneos y de los antiguos. Pensemos que en cada tortilla, en cada tamal, en cada torta ahogada, una cosmovisión se nos presenta. Es decir, que en los panes que Don Pepe vende por las mañanas en su vagabundeo matutino, o los panes que Doña Laura prepara en su local rentado, se encuentra la forma de ver nuestro mundo presente. Y cuando nuestra especie abandone este planeta, lo primero que habrá que hacer en las provincias lunares será establecer un changarro de tortas intergalácticas.

 

El pan siempre se renueva. Siempre existe, siempre ha existido. El ser humano siempre lo ha mezclado con su gastronomía más deliciosa: con picante, con té, con café, con leche, con huevo, con carne, con verduras… Hagamos del pan un patrimonio (ultra-)mundial, porque nada nos hace más humanos que la constante renovación y la eterna reinvención. Pregúntenle al pan si no me creen.

 

 

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