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07 de agosto del 2017

Carne y pecado

La carne llama a la carne.
Redacción por: Leticia Chaurand

Al olor de la carne a las brasas, la carne se confunde, porque desea consumir lo que se le parece. Tal vez comemos carne porque en la carne, que también es cuerpo, nos reconocemos. Nombramos esas partes que no son nuestras y se llaman como las nuestras: espalda, lengua, cara, pecho. La boca que va a comerlas las come dos veces si las nombra.

 

Son esas partes del cadáver que no somos, lo que –con los ojos medio cerrados- nos atrevemos a comer: piel, viril, criadillas, sesos, ojos. En una escena vampírica, normalizada y cotidianamente repetida, tomamos vida de otra vida, en mitad de un fértil campo de hortalizas y granos. Podemos evocar la maravillosa imagen agreste del gaucho, que con todo su arte pone a las brasas un becerro crucificado, bajo el cielo del amanecer. Pero esa imagen queda lejos de los miembros descuartizados y expuestos en plástico de supermercado; lejos de lo que parecen, pero son, carnicerías de olor sanguinolento; y lejos también de los ojos atentísimos de los pescados, que duermen sobre el hielo industrial.

 

Comer carne es un acto de transgresión y por eso de libertad, de desconsideración, de auto-indulgencia. Somos animales que eligen y en una especie de arrebato, encajan el diente, pero a veces resisten las ganas de meter las manos. Somos animales que mastican vorazmente el tejido, la grasa, la orilla doradita;  que mordisquean en torno al hueso. Y sin embargo, tal vez, comemos carne para sentirnos superiores, civilizados y cuasi- omnipotentes; para ser quienes pueden, impunemente y frente a un plato impecable, pecar sin más.

 

 

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