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elbano
08 de abril del 2018

El baño

Hay restaurantes que buscan brindar experiencias.
Redacción por: Laura Ruíz

Nos encontrábamos de viaje disfrutando de la paradisíaca Riviera Maya, y a mi esposo, que es fanático de la comida japonesa, se le antojó visitar un restaurante especializado que nos habían recomendado. El sofisticado lugar presumía de un minimalismo elegante, una atención excelsa y comida de antología. Ordenamos sopa miso con tofu y wakame, chakin sushi, niguiri de langostinos y el Iwao gara maki.

Aún no traían los alimentos cuando mi hija me pidió que la llevara al baño. Al entrar, automáticamente se encendían unas luces tenues en los bordes del piso y del techo. En el ambiente se percibía un delicado aroma a jazmín. El cuarto era amplio y parecía no tener más que una ranura en una de las paredes laterales, y un asiento al fondo, que bien podía haber sido sacado de un cohete espacial; pero no, era una “simple” taza de baño.

La ranura resultaba ser el lavabo, sólo había que meter las manos en ella para que salieran limpias, desinfectadas y secas, igual que cuando llevas tu coche al car wash. Pero lo mejor era la taza; el asiento se ajustaba a todo tu cuerpo, y podías elegir entre varias opciones de masaje. Las bocinas ocultas en la cabecera se adaptaban al contorno de tu cabeza para alcanzar tus oídos, y una especie de Siri te preguntaba qué querías oír.

Mi hija eligió algo relajante de Black Sabbath… De acuerdo, no fue ella quien lo eligió ni fue relajante pero ¡fue muy divertido!. Luego decidimos activar los controles de la silla para acceder a los videojuegos. ¡Toda la pared frontal se iluminó: era la pantalla! Más tarde, justo cuando empezábamos a ver una película, recibí un mensaje en mi celular. Era mi esposo:
-¿Están bien? ¡Se les está enfriando el sushi!- dijo irónico.

Me costó mucho trabajo sacar a la niña del baño pero al final lo logré. Bueno, fue a ella a quien le costó trabajo sacarme a mí. Regresamos a la mesa; comimos delicioso y bebimos té verde. Cuando estábamos terminando los dango, que habíamos pedido de postre, mi esposo se levantó de la mesa:
-Voy al baño. Si quieres ve pidiendo la cuenta-dijo al tiempo que le hacía la seña al camarero, y después se fue.
El mesero se acercó enseguida:
-¿Gusta que le vaya trayendo su cuenta?-preguntó.
-¡Uy, no joven! Estoy segura de que va para largo. Mejor tráiganos otro postre.

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