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24 de julio del 2017

Incomprensibles

Las frutas deben tener otro propósito y éste debe ser ninguno.
Redacción por: Leticia Chaurand

Las frutas parecen –porque son- seres extrañísimos.  Presentes, no hablan pero están como vivos, ofreciéndose, como enviados por quién sabe quien, como de parte de nadie que yo sepa. De pulpa agridulce, envueltas en empaques imposibles de inventar, elegantísimos, imprudentísimos. De centro impúdico y simetría perfecta, guardan un corazón que por poco y late. Son como extraterrestres de aquí, a veces huesudos, que se clavan en el vientre de la tierra para hacerse más. ¡Vaya artimañas de reproducción de la Naturaleza! que no se contenta con viles penetraciones, que ha de involucrar -¡por dios! – pieles brillantes y obscenos colores ; jugos dulces que se escurren y redondeces, que parecen existir para ser vistos o deseados o para comerse, mejor.

 

Cuando están ahí tiradas, poblando la periferia de los árboles, despidiendo sus olores rancios, las frutas albergan insectos y alimentan aves que caminan. Ni podridas se mueren, ni digeridas. Tienen un claro propósito en la tierra, pero es que: los miles de ojos como semillas de las pitahayas, la estrella diurna de la carambola, el cuero firme del tamarindo, el perfume efímero de la guayaba, el copete alborotado de la piña, la alberca de pelotas de la papaya, la repartibilidad equitativa de la toronja, ¡parecen regalos todos! Los mangos verdes chapeados por el rubor de los meses, o los cocos que esconden oasis y exhiben tambores. Todos regalos y todos permitidos, son adornos, son aretes en los árboles, con hojas de helicóptero. Son joyas de almíbar, lujo de mercados y de manteles, tesoro de piñatas. Las frutas deben tener otro propósito y éste debe ser ninguno. Su plan estético y organoléptico desafía el sentido común. No se entienden y no son para entenderse.

 

Con sus vestidos color naranja y rosa mexicano, morados porque así son, por dentro y por fuera, ribeteados, rayados, nunca simples, atendiendo a designios que parecen superiores, las frutas tienden puentes entre cielo y tierra o entre alma y cuerpo, cualquiera. Son regalos por que sí, sin ceremonia. Son premios por nada o recordatorios de algo, pero son cada vez incomprensibles.

 

 

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