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07 de agosto del 2017

Pan de muerto

Fusión de culturas que incorporó la harina de trigo y el azúcar.
Redacción por: Alberto Alvelais

El origen remoto del pan de muerto proviene de los rituales prehispánicos, desde tiempos inmemorables, Los indígenas preparaban panes con figuras hechas de harina de amaranto que bañaban con sangre de las doncellas sacrificadas en los rituales mortuorios. Se trata de un crisol de religiones y costumbres, donde se transportó la antropofagia a la panadería.

 

Durante el imperio Azteca al rededor del 1430, eran muy comunes las ofrendas dedicadas a Huitzilopochtli, Dios de la Guerra de los mexicas, que se elaboraban con un pan de amaranto parecido a las “alegrías”, a las que se sacrificaba de manera simbólica, se partían y se repartían los pedazos entre la comunidad. De igual manera y con el mismo ingrediente los antiguos preparaban figurillas dedicadas a Izcozauhqui, hijo del Dios del Sol Tonatiuh y Huehueteótl, Dios del Fuego.Se puede decir que, formalmente la historia del pan de muerto comienza en 1519,  con la conquista del antiguo México, cuando los españoles trajeron a América el trigo y la panadería. A partir de ese momento, los monjes cristianos bajo un claro rechazo a los sacrificios de personas, se dieron a la tarea de sustituir  los corazones y la sangre humanos, por corazones de pan espolvoreados de azúcar pintada de rojo. Las fiestas de muertos de los antiguos mexicanos eran los primeros días de agosto, durante el fin de ciclo agrícola del maíz, el frijol y la calabaza, y que se trasladaron al calendario cristiano de Fieles Difuntos.

 

Alrededor del año 1700, la costumbre de comer pan de muerto durante las fiestas de Día de Muertos se extendió en todo México, sobre todo en el centro y en el sur del país. A partir de ese momento el pan de muerto representaba en el altar al difunto que se festejaba. Recordemos que en esa época no existían las fotografías y era muy rara la persona que se podía mandar a hacer un retrato. El fenómeno mexicano de culto, fiesta y burla de la muerte se consolidaba culturalmente como amalgama cultural. A finales del siglo XIX y principios del siglo XX “La Catrina” de José Guadalupe Posadas dictaba la moda y el pan de muerto era más que una obligación gastronómica entre los mexicanos del Porfiriato durante el Día de Muertos. Desde ese entonces hasta la actualidad el pan de muerto ha jugado un papel protagónico en los altares de Día de Muertos, Fieles Difuntos o Todos Santos el 1 y 2 de noviembre, acompañado de calaveras de azúcar, flores de cempasúchil y aquello que al dichoso muerto le gustaba comer o beber en vida.

 

El ingenio gastronómico mexicano ha desarrollado una infinidad de tipos de pan de muerto, algunos rellenos de nata, cajeta, crema pastelera o chocolate y en muchos casos adornados de muchos colores. Algunos se adornan con azúcar blanca representando a los niños difuntos y el azúcar roja para los adultos, las decoraciones son diversas y casi siempre se le agrega esencia de azahar o de vainilla. En el centro de México se elaboran con masa de pan dulce, en Puebla con masa de pan bolillo y en Oaxaca con masa de pan de yema, a la que se le incrusta un alfeñique de azúcar representando al “muertito”. En Oaxaca se come el pan de muerto durante todo el año. El pan de muerto usualmente lleva una media bola en el centro que representa el cráneo del difunto y se le agregan cuatro huesos que representan los cuatro puntos cardinales o cuatro puntos del universo: Nahuolli y sus respectivas deidades Quetzalcoatl, Xipetotec, Tlaloc y Tezcatlipoca.

 

En la Riviera Maya el pan de muerto es para el difunto, para el vivo o para comerse en la fiesta del Día de Muertos, pero en cualquier momento es exquisito, ya sea con un buen chocolate caliente o así nomás, solito.

 

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