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Tacosbar
20 de marzo del 2018

Tacos Bar

Micro relato de comida sobre ruedas
Redacción por: Laura Ruiz

Recién había hecho realidad el sueño de abrir mi food truck de tacos de mariscos gourmet Tacos Bar, frente a la playa, cuando a dos días de haber inaugurado, ya no llegó la persona que contraté para atender. Mis colegas me habían advertido que debía contratar al menos dos personas, pero pensé que sería mejor esperar hasta ver qué tanto movimiento tendría el negocio. Era temprano y aún faltaban un par de semanas para las vacaciones de verano, así que respiré profundo y me tranquilicé: “Seguro hoy no vendrá mucha gente. Yo puedo sola”. En esas estaba, cuando llegaron mis primeros clientes.

-Buenas tardes, señorita- me dijo una adorable viejita, recargando su bastón contra el camión y tomando uno de los menús; mientras su no tan adorable y sí muy emberrinchado nietecito, como de cinco años, lograba soltarse de su mano.
-Buenas tardes, señora ¿Se le antojó algo del menú?
-Sí. Me podría preparar un taco de camarones al tamarindo para el niño, y dos de pulpos braseados a la mostaza antigua para mí, por favor -ordenó mientras su nieto pateaba la linda pizarra que yo había colocado a un lado con el menú del día.
– Claro, señora -respondí sin dejar de observar cómo el niño tiraba el anuncio al suelo para después brincar sobre él. La señora parecía estar sorda y ciega al respecto. Ahora le entrego su orden -le dije pensando que entre más pronto se fuera ese niño tan inquieto, mejor para mí.
-¿Le puedo pagar de una vez? -preguntó, y empezó a buscar en el laberinto de su enorme bolsa-. Voy a querer la orden para llevar.
-Sí, como usted guste.- Me dispuse a hacer la nota y cuando levanté la mirada para entregársela, ¡No puede ser! –dije cuando me di cuenta que el niño inquieto estaba en el mar, luchando contra la corriente.

En ese momento solté la nota sobre la barra, me quité el delantal, y me eché vestida al mar. Nadé lo más rápido que pude. Sentía que el corazón se me salía por la boca. Por fortuna, en cuanto tomé al pequeño del pecho para arrastrarlo hacia la orilla, dejó de manotear. Eso, y su poco peso, me permitieron ponerlo a salvo rápidamente. Cuando volví a mi food truck, la viejita seguía con la mirada clavada en su bolsa.

-¡Aquí está!-se emocionó al encontrar el dinero, y entonces volteó a verme- ¿Pero porqué está usted toda mojada, llena de arena, y hasta con un alga pegada en la nariz? ¡No puedo creer que haya aprovechado para ir a meterse al mar en pleno horario de trabajo y con clientes aquí!¡Y regresar a atender con esa facha! ¿Qué no se podía esperar? Yo que su jefe, la despedía.
-No señora, lo que pasó fue que…
-¿Sabe qué? Cancele mi orden, mejor voy a otro lado. Además es un pésimo ejemplo para mi nieto- Me miró con desdén y después llamó al niño- ¡Vámonos Alex! –le dijo sin voltear a verlo y se fue moviendo la cabeza como diciendo que no.

Destapé entonces una cerveza artesanal de chocolate, para castigarme mientras veía como se alejaba mi mal ejemplo en la figura de un niño, como de cinco años, que aún respiraba.

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